Roma, 10 de febrero de 2021

Mi Cristo roto

Queridos miembros de la Familia vicenciana,

¡La gracia y la paz de Jesús estén siempre con nosotros!

Tras los acontecimientos dramáticos del año pasado, mientras que los sufrimientos causados por las guerras, las catástrofes naturales y la hambruna se han agravado por la pandemia de COVID-19, nuestra fe nos impulsa a vivir este nuevo año 2021 en la esperanza, incluso en las situaciones que son, humanamente hablando, desesperadas.

En este comienzo de la Cuaresma, proseguimos nuestra reflexión sobre los fundamentos que hicieron de San Vicente de Paúl un «místico de la Caridad» y precisamente sobre su relación, y la nuestra, con el Cristo desfigurado, que comenzamos a considerar con el icono del «Salvador de Zvenigorod».

Como escribía en la carta de Adviento del año pasado, la persona de Jesús está en el corazón de la identidad de Vicente de Paúl como místico de la Caridad, en el corazón de la espiritualidad y del carisma vicenciano. Jesús es nuestra razón de ser y la persona cuya manera de pensar, de sentir, de hablar y de actuar se convierte en nuestro objetivo en la vida. Vicente conocía la importancia de la familiaridad con Jesús para la conversión personal y un fecundo ministerio: «Ni la filosofía, ni la teología, ni los discursos logran nada en las almas; es preciso que Jesucristo trabaje con nosotros, o nosotros con él; que obremos en él, y él en nosotros; que hablemos como él y con su espíritu, lo mismo que él estaba en su Padre y predicaba la doctrina que le había enseñado».[1]

Si el icono del «Salvador de Zvenigorod» nos invita a contemplar el rostro de Jesús, esta reflexión de Cuaresma nos invita a un diálogo con Jesús desfigurado. Hace unos 30 años, cayó en mis manos un libro escrito por un jesuita español, Ramón Cué, titulado Mi Cristo roto. En la cubierta del libro estaba representado un crucifijo roto. A Cristo le faltaba una pierna, así como su brazo derecho y los dedos de su mano izquierda; no tenía rostro y ni siquiera cruz. Esta imagen llamó mi atención y su historia suscitó en mí el deseo de tener una representación semejante.

Mi Cristo roto cuenta la historia de un sacerdote al que le gustaban las obras de arte. Un día, cuando visitaba una tienda de antigüedades, vio una escultura, entre muchos cuadros bellos y otras obras de arte, que llamó su atención enseguida. Era este crucifijo roto. Se trataba de la obra de un artista muy conocido, seguía conservando su valor comercial, aunque estuviera deteriorada.

Intrigó tanto al sacerdote que decidió comprarla y restaurarla para que recuperase su belleza original. El restaurador al que se dirigió se dio cuenta de que hacía falta mucho trabajo para reparar la escultura y, así pues, pidió una gran suma de dinero. El sacerdote no podía pagar un precio tan elevado, así que decidió llevar a su casa, en aquel estado, al Cristo roto.

De regreso a su casa, en su habitación, mirando al Cristo roto, el sacerdote comenzó a sentirse incómodo, hasta el punto de encolerizarse. Con una voz fuerte, preguntó: «¿Quién pudo hacerte esto? ¿Quién pudo arrancarte tan brutalmente de la cruz? ¿Quién pudo desfigurar tu rostro tan cruelmente?»

De repente, una voz viva y tajante dijo: «¡Cállate, preguntas demasiado!».

Esta voz penetrante asociada al cuerpo mutilado apenas calmó al sacerdote. Todavía impactado tras haber oído hablar a Cristo, el sacerdote quiso reconfortarle y dijo con una voz temblorosa: «Señor, tengo una idea que te gustará. Encontraré la manera de restaurarte. No quiero verte tan mutilado. Ya verás, serás hermoso. Tú sabes que eres precioso. Tendrás una nueva pierna, un nuevo brazo, nuevos dedos, una nueva cruz y, sobre todo, tendrás un nuevo rostro».

Una vez más, se oyó una voz y Cristo dijo con fuerza: «Me decepcionas. Hablas demasiado. ¡Te prohíbo que me restaures!»

Sorprendido por la energía y la firmeza del Cristo roto, el sacerdote replicó: «Señor, no te comprendo. Va a ser para mí un continuo dolor verte roto y mutilado. ¿No comprendes que me duele?»

El Señor respondió: «Eso es exactamente lo que quiero hacer. No me restaures. A ver si viéndome así, te acuerdas de mis hermanos y hermanas que sufren y te duele. A ver si así, roto y mutilado, te sirvo de clave para el dolor de los demás, el símbolo que gritará el dolor de mi segunda Pasión, en mis hermanos y hermanas. ¡Déjame así, roto!¡Bésame roto!»

El sacerdote dijo: «Yo tengo un Cristo sin cruz. Algunas personas pueden tener una cruz sin Cristo. Él no puede descansar sin cruz, y una cruz personal sólo puede ser llevada con Cristo. Hemos empezado a buscar una cruz de madera para el Cristo roto, donde él pueda descansar. Pero hemos encontrado nuestra cruz. Ponedlas juntas, y el Cristo estará completo. El Cristo roto descansa en nuestra cruz, y nosotros llevaremos la cruz juntos».

Todavía incómodo, el sacerdote prosiguió su diálogo intenso con el Cristo: «Quisiera restaurar la mano que te falta». El Señor le respondió: «Yo no quiero un brazo de madera. Yo quiero una verdadera mano de carne y hueso. Yo quiero que tú seas la mano que me falta. ¡Tú!»

«Señor, exclamó el sacerdote, tú sólo tienes una pierna. Ni siquiera puedes caminar solo. Necesitas ayuda». Cristo respondió: «Necesito trabajar como lo hacía en Nazaret». El sacerdote dijo: «Si quieres, estoy dispuesto a acompañarte a buscar trabajo. Sin embargo, te aviso de que, en tu estado actual, a menos que te presentes como el mismo Cristo, nunca encontrarás trabajo».

Cristo prohibió al sacerdote presentarle como Cristo. Juntos, fueron a muchas tiendas y empresas, pero nadie le ofreció trabajo a Cristo. Cristo exclamó con un gran suspiro: «¿Cómo se puede decir que se ama a Cristo y con el mismo corazón despreciar a los que buscan un trabajo honrado? Yo soy ellos y ellos son yo».

El sacerdote se quejó: «¡Qué difícil me es amar a un Cristo sin rostro!». Pasó muchas horas buscando un bello rostro adaptado a su Cristo roto, para aliviar su agitación interior, pero Cristo dijo una vez más con una voz potente: «Yo quiero quedarme así, roto, sin rostro. ¿Por qué quieres restaurarme tú, por ti o por los demás? ¿Verme en este estado deteriorado te incomoda?» Cristo dijo más suavemente: «Por favor, acéptame como soy. Acéptame roto, acéptame sin rostro».

Cristo prosiguió: «¿Tienes un retrato de alguien a quien no amas, tu enemigo? Pon el rostro de esta persona en mi rostro, pon los rostros de todas las personas más abandonadas, rechazadas, pobres, en mi rostro. ¿Comprendes? Yo di mi vida por todos ellos. En mi rostro se encuentran todos sus rostros. ¿Comprendes?»

Después de largas conversaciones con Cristo, al fin el sacerdote comprendió el mensaje de Cristo y, con una voz dulce y llena de deseo, dijo: «¡Cristo, quisiera aceptar tu invitación, pero por favor, ayúdame!¡Ayúdame!»

Después de varios años queriendo encontrar mi representación de un Cristo roto, al fin llegó el día. Al acercarme a un edificio, de repente, miré a mi derecha y allí estaba: un Cristo roto. No sé cómo llegó allí la escultura. A menudo pasaba frente a ese edificio, pero nunca antes había visto ningún otro artículo viejo o roto colocado allí para que alguien se lo llevara.

Recuerdo mi emoción y mi impaciencia, preguntándome si se me permitiría tener esta escultura. Después de pedir y recibir el permiso, rápidamente fui y me llevé el Cristo roto a casa. Una vez en mi habitación con «mi Cristo roto», comencé a llorar. Desde ese día, nunca me ha dejado.

¿Por qué he querido tener un Cristo roto? Naturalmente, como el sacerdote de la historia, hubiera preferido un Cristo hermoso intacto en una bella cruz que pudiera ser colgada para ser venerada. ¿De dónde viene entonces este deseo de encontrar un Cristo roto? Ciertamente no de mí. La única respuesta que puedo encontrar es: esto viene de Cristo.

El Cristo roto se convierte ante nuestros ojos en un signo claro que sigue perturbando nuestra paz y llamándonos a la conversión. Nos invita a un diálogo continuo con Él en el aquí y ahora del mundo y de nuestras relaciones cotidianas. Este Cristo roto nos ayuda a acercarnos a Él con nuestra realidad humana, así como con la realidad de cada ser humano.

Cristo siempre está dispuesto a escuchar y a sugerir. Él sigue desafiándonos, pero con una dulzura y una misericordia infinita, para responder a preguntas como: ¿Por qué piensas que la gente me desfiguró tanto? ¿Te incomoda un Cristo roto? ¿Las personas rotas te hacen sentir incómodo? ¿Qué podría conducir a un cambio de actitud hacia los que son considerados como desfigurados? ¿Dónde te sitúas respecto a esta realidad?

El diálogo permanente de san Vicente con Jesús le inspiraba sus respuestas y sus consejos:

«¡Dios mío! ¡Qué hermoso sería ver a los pobres, considerándolos en Dios y en el aprecio en que los tuvo Jesucristo! Pero, si los miramos con los sentimientos de la carne y del espíritu mundano, nos parecerán despreciables»[2].

«Jesucristo ha muerto por nosotros, ¿no es eso bastante para estimar a una persona? Jesús nos ha demostrado tanta estima que ha querido morir por nosotros, probando de esta forma que nos ha estimado más que su preciosa sangre, que derramó para redimirnos, como si quisiera demostrar así que más que a su sangre aprecia a todos los predestinados…»[3]

Mi propio Cristo roto, ya sea ante mis ojos o en mis pensamientos, me invita a un verdadero diálogo. Que este tiempo de Cuaresma nos ayude a profundizar o simplemente a comenzar una conversación con el Cristo roto, lo que ciertamente no nos dejará indiferentes.

Su hermano en san Vicente,

Tomaž Mavrič, CM

Notas:

[1] SVP XI/3, 236; conferencia 77, «Consejos a Antonio Durand».

[2] SVP XI/4, 725; conferencia 165, «Sobre el espíritu de fe».

[3] SVP IX/2, 1040; conferencia 96, «Cordialidad, respeto, amistades particulares».